MARCHA OBRERA: Propuesta a partidos, sindicatos, asambleas y colectivos “de clase”

Ante la precipitación de acontecimientos que están teniendo lugar en nuestro país, y tras la llegada a Madrid de la Marcha de los Mineros y la extraordinaria respuesta del pueblo en los días 11 y 12 de julio, miembros de distintas organizaciones, sindicatos y colectivos nos reunimos en “Asamblea Virtual” el domingo 15 de Julio para analizar la situación y elaborar una propuesta que hacer llegar a partidos, sindicatos, asambleas y colectivos “de clase”, así como a todas las personas que pudieran suscribirla y difundirla.

En este momento, en el que están coincidiendo un gran número de luchas de los distintos sectores de la clase trabajadora (mineros, bomberos, médicos, enfermeros, profesores, investigadores, etc…), todas ellas con un origen idéntico – que no es otro que el de las contradicciones del sistema -, es necesario hacer confluir dichas luchas en la misma: la de la clase obrera frente al sistema que la explota. Esta situación no se puede comparar con otra que hayamos conocido en el pasado reciente, por lo que la respuesta debe tener una nueva dimensión.

La propuesta que damos traslado es la siguiente:

-Organizar marchas de trabajadores, estudiantes y parados desde distintos puntos de España que lleguen a la capital en la misma fechas.

-En Madrid – en esa misma fecha determinada – organizar asambleas de los distintos sectores de trabajadores (asamblea de médicos, de profesores, de estudiantes, de mineros, de bomberos, de parados, etc) en distintos barrios de la ciudad, que establezcan unas reivindicaciones específicas de su sector concreto.

-Que cada una de las asambleas se constituya en columna que parta camino del punto de encuentro donde cada uno de los sectores pondrá en común con todos los presentes las reivindicaciones de su sector. El objetivo, que toda la clase obrera conozca las reivindicaciones del resto de sectores, y las haga suyas, haciendo de ésta, una lucha “de la clase obrera”, constituyendo a ésta como poder.

Fechas posibles:

-Se plantea el 25 de Septiembre como posible fecha para confluir con las movilizaciones que ya están previstas para ese día frente al Congreso, aunque la rapidez con la que se están desarrollando los acontecimientos podría superar cualquier planificación con tanta antelación.

Próxima asamblea virtual:

Domingo 22 de Julio a las 22:30h

Más información:

http://www.facebook.com/pages/Marcha-Obrera/203407326452501

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Tras la Marcha Minera en Madrid, ¿por qué no una Marcha Obrera?

Javier Parra

El pasado martes 10 de julio hicieron su entrada en Madrid cientos de mineros procedentes de las cuencas de toda España tras caminar muchos cientos de kilómetros en la denominada “Marcha Negra”, con la que reivindicaban la defensa del sector minero y de los miles de puestos de trabajo que de él dependen. A su entrada, cientos de miles de personas les daban la bienvenida al grito de “¡que viva la lucha de la clase obrera!”, una proclama casi inédita desde hace años en nuestro país en una demostración tan multitudinaria como la de la Noche Minera.

Pocas horas después, tras atravesar un mar de gente que les llevó en volandas desde Ciudad Universitaria hasta la Puerta del Sol, un minero cogió el micrófono y llamó a levantarse a todos los trabajadores de éste país: profesores, médicos, ingenieros, bomberos…

El mensaje estaba dado. Pero, ¿se escuchó? Porque si se escuchó y no nos levantamos de poco habrá servido esa demostración de fuerza de la clase obrera llenando como tal, con una identidad propia,  las calles de Madrid.

¿Sería posible que un día en el centro de Madrid se reunieran multiples columnas salidas de todos los barrios e incluso desde otras ciudades compuestas por trabajadores de los distintos sectores? La columna de los médicos, la de los maestros, la de los bomberos, la de los ingenieros, la de los obreros, la de los camareros… la de los parados.

Por eso, sin prisa pero sin pausa quizá deberíamos empezar a debatir sobre la posibilidad y sobre la necesidad de promover alguna movilización en ese sentido. Una movilización que quizá de momento sea imposible sin la participación activa de los sindicatos. Ahí queda la propuesta, y aquí un sitio donde podemos debatirla:

http://www.facebook.com/pages/Marcha-Obrera/203407326452501

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Soy minero

Isaac Rosa

Que en estos tiempos hipertecnologizados hayan tenido que ser los mineros los que enseñen el camino al resto de trabajadores, da que pensar. Que en la época de empresas flexibles, sociedad de la información, economía global, riqueza virtual y trabajadores desubicados y desideologizados, hayan tenido que ser los viejos mineros, con sus duras herramientas, sus manos callosas y su fuerte conciencia de colectivo, los que salgan a la luz y echen a andar para que los sigamos, debería hacernos pensar qué nos ha pasado a los trabajadores durante los últimos años, qué hemos hecho y dejado de hacer, qué nos han hecho y qué nos hemos dejado hacer.

Habrá quien diga que el protagonismo minero de estos días es pura coherencia: si la crisis y las políticas anticrisis suponen para los trabajadores un salto atrás en el tiempo, un regreso a trompicones al siglo XIX, nadie mejor que los mineros al frente de la manifestación, ellos que con tanta rotundidad encarnan aquellos tiempos iniciales del movimiento obrero. Pero no estamos ante un asunto de coherencia histórica, sino mucho más.
Las emocionantes escenas vividas en cada pueblo por donde han pasado los mineros en su marcha hacia Madrid, la acogida, las palabras de ánimo, las ayudas recibidas, la solidaridad extendida por todo el país, en las calles y en las redes sociales, y finalmente el recibimiento en la capital y el acompañamiento en su protesta por tantos trabajadores, deberían ser un revulsivo, marcar un punto de inflexión en la construcción de resistencias colectivas. Los mineros han roto algo, han despertado algo que dormía en nosotros, nos han empujado.

Sé que hay un componente no pequeño de simpatía que escapa a las razones de su protesta. Hay algo de justicia histórica, de memoria, de sentimentalidad obrera si quieren, en el cariño que los mineros reciben estos días, y digo cariño con intención, porque en ocasiones se trata de cariño más que de comprensión de sus reivindicaciones. La figura del minero, con su casco, su lámpara y su rostro ennegrecido está fuertemente arraigado en el imaginario de la clase trabajadora desde hace siglos, y por eso con los mineros no funciona el habitual discurso de los “privilegiados” con que algunos intentan anularlos desde la derecha mediática (por eso, y porque la minería representa desde siempre lo más duro y peligroso del mundo del trabajo, y su fatiga, lesiones, enfermedades y accidentes no casan bien con ningún privilegio). Por todo ello, por su condición popular de héroes de la clase obrera (demostrada, por otra parte, en tantos episodios de lucha en efecto heroica a través de siglos), parece natural que los mineros encuentren todo ese calor a su paso por los pueblos. No creo que una marcha a pie de, pongamos, camareros, albañiles, periodistas o funcionarios, lograse tanto apoyo, tanto cariño, tantos recibimientos, homenajes y adhesiones, por justas que fuesen sus reivindicaciones.

Pero más allá de ese componente emocional, importa el momento en que se ha producido esta salida de los pozos. En un momento de terror económico como este, cuando los trabajadores nos sentimos acorralados, desesperanzados, y nuestra resistencia se limita a adivinar por dónde vendrá el siguiente golpe, la aparición en escena de los mineros puede ser la lucecilla al final del túnel (el túnel en que andamos perdidos los trabajadores, no el tópico túnel de la salida de la crisis donde la única luz que se ve es la del tren que viene de frente), la señal que estábamos esperando. Los mineros nos están dando una lección que no deberíamos dejar pasar, y que va más allá de sus reivindicaciones por justas que puedan ser.
Y lo son. Los mineros tienen razón en su lucha, y no voy ahora a extenderme en por qué tienen razón. La tienen por todos los motivos que ya habrán oído y leído estos días, pero incluso si no tuviesen esos motivos, seguirían teniendo la razón de su lado, por una elemental cuestión de justicia histórica. Se lo debemos, a ellos y a las generaciones de mineros que les anteceden, y eso basta para que estemos obligados a respetar su medio de vida y sus territorios, ofrecerles salidas dignas y no escatimarles un dinero que es calderilla comparado con los rescates financieros. Pero insisto: lo que hoy me interesa no es tanto su lucha particular (que apoyo), sino esa lección de dignidad, solidaridad y resistencia que nos dan al resto de trabajadores. Todos nos hemos sentido interpelados estos días por la lucha de los mineros, en dos direcciones: porque en su reivindicación de un futuro digno cabemos todos los que igualmente carecemos de ese futuro; y porque la contundencia de su lucha hace más evidente nuestra pobre reacción ante los ataques sufridos.

En cuanto a lo primero, la reivindicación de los mineros es extensible a todos nosotros. En los mineros vemos nuestro pasado, nuestra conciencia de clase que en algún momento perdimos o nos arrebataron, las posibilidades de lucha colectiva que hoy no encontramos. Pero sobre todo, vemos en ellos nuestro futuro: en su grito para no ser abandonados, para no desaparecer, para no ver arrasados sus pueblos y comarcas por el paro y la inactividad, asoma un resquicio del futuro que nos espera a todos, convertidos todos en trabajadores abandonados a nuestra suerte, abocados a un largo tiempo de escasez, de miseria; a merced de un viento que no deja nada en pie; con millones de empleos en extinción, y toda España convertida en una gran comarca minera amenazada por la desolación y la falta de salidas.

En cuanto a lo segundo, la dureza clásica con que resisten los mineros, la violencia con que responden a la violencia, hace que debamos buscar otra palabra para denominar lo que hacemos los demás, eso que a menudo llamamos de manera exagerada resistencia. Mientras nosotros ‘incendiamos’ las redes sociales, los mineros prenden fuego real a las barricadas en las autopistas. Mientras nosotros convocamos una huelga cada dos años, sin mucha convicción y sobre todo sin continuidad, los mineros eligen la huelga indefinida durante semanas, inflexible. Mientras nosotros escribimos posts y tuits de denuncia contra los recortes (yo el primero), ellos se encierran en los pozos, paralizan el tráfico, levantan en pie de guerra comarcas enteras, y finalmente echan a andar por la carretera. Mientras nosotros pintamos ingeniosas pancartas y componemos simpáticos pareados para gritar en manifestación, ellos se enfrentan a cuerpo con la Guardia Civil. Mientras nosotros retuiteamos y damos miles de “me gusta” para apoyar las reivindicaciones de los colectivos más castigados, ellos van pueblo por pueblo dando y recibiendo abrazos, compartiendo comidas y techo. Mientras esperamos al próximo aniversario para volver a tomar las plazas, ellos se plantan en la Puerta del Sol tras haber hecho suyas las plazas de todas aquellas localidades por las que pasaron.

La lección está clara: ante el ataque total contra los trabajadores, estos no son tiempos de hashtag, sino de barricada. Frente a la solidaridad efímera de la red social y la indignación inofensiva, son tiempos de caminar juntos, de compartir encierro o marcha, de encontrarse en las calles, de abrazarse como ya no nos abrazábamos, como estos días se abrazaban los mineros con quienes los esperaban a la entrada de cada pueblo.
Por todo ello, el gobierno no puede permitir que los mineros ganen este pulso: porque si triunfan, estarán dando un mal ejemplo para el resto de trabajadores, que podríamos tomar nota, aprender la lección, seguir su ejemplo para ser escuchados, para no ser pisoteados, para no seguir perdiendo: luchar, resistir, construir redes de solidaridad, ser firmes, llegar hasta las últimas consecuencias, tomar la calle, recuperarla. Por eso la durísima represión policial contra los mineros y su criminalización mediática.

Por las mismas razones los trabajadores necesitamos que los mineros ganen este pulso: porque su victoria despeja el camino para nosotros, y en cambio su derrota nos haría más difícil levantar la resistencia. Por eso hoy todos somos mineros, y tenemos que estar con ellos. Por justicia, por historia, por memoria, porque lo merecen. Pero también por nosotros, porque si ellos temen por su futuro, el nuestro es más que negro, negro carbón.

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Carta abierta a la clase obrera sobre la lucha de los mineros

Querido compañero, querida compañera,

durante años han querido hacerte creer que la clase obrera ya no existía; que era cosa del pasado eso de dividir la sociedad en clases. Durante años, tanto la propaganda de la burguesía (que también decía no existir) como de la post-modernidad presuntamente de izquierdas te han bombardeado con la idea de que la lucha de clases era cosa del siglo pasado , con que ahora ya no eran tiempos de luchas estridentes y con que toda injusticia se podía solucionar con las reglas de la democracia. Te mentían.

La clase obrera existe, por supuesto que existe. Pero no está organizada. Por eso, desde la óptica del enemigo – representado en última instancia por el Gobierno – el último bastión donde la clase obrera está organizada debe ser destruido. Y ese bastión está en las cuencas mineras, por lo que el cierre de las minas no es una cuestión económica, ecológica o de coyuntura, sino una cuestión estratégica para que las futuras medidas sean un paseo triunfal de las oligarquías sobre las vidas, los derechos, las aspiraciones e incluso la sangre de tus compañeros, y sobre la tuya si es necesario.

Los mineros lo saben. Saben que su lucha ya no es sólo su lucha, sino la lucha de todos los trabajadores. Hoy son nuestra luz, nuestra guía, nuestro ejemplo y nuestro ejército. El centenario ejército que cuando los miserables han oprimido y reprimido al pueblo siempre ha salido en su defensa a estremecer las almas de todos los trabajadores, de todos los estudiantes, de todo el pueblo: en 1917, en 1934, en 1962, y ahora en 2012.

El Gobierno también lo sabe. Sabe que destruir y derrotar a los mineros es acabar con las esperanzas del pueblo de resistir la embestida. Quieren que cada trabajador de éste país piense: “Si los mineros no lo han conseguido, ¿cómo vamos a conseguirlo nosotros?”.

No quiero extenderme, pero sabrás entender lo que quiero transmitirte si me permites despedirme compartiendo contigo unos versos de Bertolt Brecht que mi querido camarada Ivan Suarez leyó frente al Pozo Candin, en Langreo, el pasado 7 de julio:

Y entre los oprimidos, muchos dicen ahora:
«Jamás se logrará lo que queremos».
Quien aún esté vivo no diga «jamás».
Lo firme no es firme.
Todo no seguirá igual.
Cuando hayan hablado los que dominan,
hablarán los dominados.

¿Quién puede atreverse a decir «jamás»?
¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.
¡Que se levante aquel que está abatido!
¡Aquel que está perdido, que combata!
¿Quién podrá contener al que conoce su condición?
Pues los vencidos de hoy son los vencedores de mañana
y el jamás se convierte en hoy mismo.

Con un afectuoso saludo,

Javier Parra

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Sobre el anticomunismo de izquierdas, el “estalinismo”, el POUM y el Movimiento Comunista

Albert Escusa

Se ha vuelto casi un deporte nacional, por parte de algunos autores, publicar en las páginas de izquierda de Internet artículos que se dedican de forma más o menos encubierta a criticar la historia del movimiento comunista, responsabilizándole de todos los males habidos y por haber, ya sea el ascenso de Hitler al poder, el cambio climático o la derrota del equipo local. “Estalinismo” se ha convertido para algunos en una palabra mágica. El “estalinismo” encierra, como el misterio de la Santísima Trinidad, tres propiedades en una: la primera, evita entrar en un debate histórico con argumentos contrastados; la segunda, evita dar una explicación acerca del fracaso histórico y de la incompetencia política crónica de la corriente a la que están adscritos los anticomunistas de izquierdas; y la tercera, sirve para intentar avergonzar a los militantes, pero sobre todo a los potenciales simpatizantes de los diferentes partidos comunistas, para disuadirlos de ingresar en los partidos comunistas. Todo este discurso se ha visto favorecido por una etapa histórica donde la división y el enfrentamiento en el seno del movimiento comunista, particularmente en nuestro país, ha conducido a que éste se desintegre en numerosos fragmentos desunidos, aislados y dispersos.

Precisamente la última propiedad mágica del “estalinismo” quizás sea la más codiciada por los anticomunistas de izquierda. Se ha demostrado, tanto con ejemplos históricos como en la actualidad, que, de todas las fuerzas que se proclaman anticapitalistas y dicen querer superar el actual sistema socioeconómico, el movimiento comunista (con todas los errores, fracasos, traiciones, rupturas, degeneraciones y lo que se le quiera añadir) ha demostrado en la práctica (sabiendo superar todas sus limitaciones anteriormente señaladas), que es el que cuenta con la capacidad de llevar a término tales propósitos anticapitalistas. Así, mientras que hoy, sobre el planeta Tierra, no hay ninguna fuerza política o social del anticomunismo de izquierdas con peso político o social (si descontamos la excepción coyuntural de Francia, debido más que nada a la degeneración extrema del PCF), varias corrientes que se reclaman del comunismo en su versión marxista-leninista o incluso marxista a secas, y que reivindican –cada una a su peculiar manera– la experiencia soviética como un avance progresivo para la humanidad, o bien son fuerza de gobierno en algunos países, o bien cuentan con grandes partidos obreros y populares de masas, guerrillas antiimperialistas y una gran influencia en los movimientos sociales. Y no sólo eso: el movimiento comunista ha sabido conservar, entre grandes sectores de la población, allí donde tiene influencia, una cultura de revolución y de justicia social, con la memoria histórica comunista y sus símbolos, que arranca en octubre de 1917 y cuya historia, patrimonio y símbolos son elementos de rebeldía incontestables para muchas personas.
Nada de ese patrimonio tienen los anticomunistas de izquierda. Sus realizaciones históricas son muy limitadas y están cogidas con pinzas: la insurrección cantonalista de 1873 que ayudó a hundir la I República, las colectivizaciones de 1936-1939 en algunas localidades de la España republicana, las aburridas trincheras de Huesca en la guerra civil, algunas victorias militares de la parte del Ejército Rojo dirigida por Trotsky o la actividad de las bandas guerrilleras del líder campesino ucraniano Makhno en 1918-21, son las contadas realizaciones que puede reivindicar el anticomunismo de izquierdas. Los nuevos movimientos como el antiglobalización o el movimiento zapatista, fueron teorizados por muchos como las pruebas de la derrota definitiva del modelo político que representaba el partido comunista clásico. Sin duda alguna, el movimiento antiglobalización fue una respuesta importante de masas a la globalización neoliberal, que consiguió movilizar a amplios sectores sociales, principalmente estudiantes universitarios. Pero finalmente el movimiento antiglobalización, carente de una dirección política, ha quedado reducido a inofensivos Foros Sociales. Por su parte, el zapatismo no ha dado ni siquiera la imagen de un movimiento superador del capitalismo y el imperialismo, sino más bien se ha mostrado como un indigenismo folclórico; los territorios zapatistas se pusieron de moda en los años noventa como santuarios de peregrinación para intelectuales procedentes de la izquierda anticomunista donde recibían la inspiración divina contra el “estalinismo” y los partidos comunistas. Hace años que pasaron de moda y ya no son visitados por tales intelectuales. Asimismo el Foro de Porto Alegre y el apoyo a Lula en Brasil, presentados como el último grito de “socialismo verdadero” frente a la práctica del movimiento comunista, han acabado encumbrando a un hombre que, lo menos que se puede decir de él, es que no parece muy interesado en realizar cambios profundos en su país, más bien todo lo contrario, y cuando ha tenido que enfrentarse a dirigentes antiimperialistas consecuentes como Hugo Chávez o Evo Morales, para defender los intereses de las multinacionales brasileñas, no ha dudado en hacerlo. Lo que sorprende, ante todo, es que los anticomunistas que defendían todas estas alternativas atacando a los partidos comunistas, hoy permanezcan mudos y no realicen ninguna valoración crítica de las mismas.
Así pues, cuando hace muchos años que ya no queda ni rastro del “estalinismo” al que se le achacaban (y se le achacan) todas las responsabilidades de los fracasos propios y ajenos, cuando ya no queda ningún pretexto para que los anticomunistas de izquierda liberen todas sus energías revolucionarias y demuestren a los “estalinistas” cómo se hacen las verdaderas revoluciones, vemos que tales energías se desgastan, como siempre, en “demostrar” que de no haber sido por Stalin y los suyos, desde 1924 habría comunismo en Europa, o que en 1936 desde algunas misérrimas aldeas de Huesca, con la genialidad de Andreu Nin y con el viejo máuser de Orwell, no llevaría más que dos semanas derrotar a Franco, realizar la revolución en España, vencer a la Alemania nazi, a Mussolini, a los Estados Unidos, al Japón y al Imperio británico, derrocar a la «burocracia degenerada de Stalin» e implantar el resplandeciente comunismo en el Sistema Solar (esta vez el comunismo de verdad, por supuesto). Es un plan tan sencillo que no podemos imaginarnos cómo no se les había ocurrido antes. O lo que es lo mismo: soñar es gratis.
Nuevamente el POUM como arma arrojadiza
El POUM y la “revolución” española es un clásico entre los clásicos del anticomunismo. Y eso a pesar de que ya no hay casi ningún historiador serio que, habiendo investigado aquella época libre de la costra ideológica orwelliana, sostenga la tesis de que la “revolución” y “contrarrevolución” fueron los factores dominantes de la guerra civil española en 1936-1939. Efectivamente, a pesar de los discursos ideológicos que taparon la realidad y que han dado una visión completamente deformada de la historia, la “revolución” de 1936 fue más que nada una revolución de símbolos, posturas estéticas y comportamientos (la quema de iglesias como rito anticlerical, la ropa obrera que se puso de moda incluso entre los burgueses, la quema de dinero, el deslumbramiento de los “turistas revolucionarios” como Orwell, etc.), antes que un proceso real de transformaciones socioeconómicas, mientras que las instituciones republicanas, aunque mantuvieran las mismas formas, en su contenido reflejaron la nueva correlación de fuerzas producto de la derrota del fascismo en Cataluña. Esto conllevó la entrada masiva de los representantes de los partidos y sindicatos obreros en tales instituciones, desvirtuando su viejo carácter de clase. Entonces, si tal “revolución” fue más aparente y más limitada a los símbolos y los discursos que a los hechos reales, si el factor “revolución” constituye algo completamente secundario para juzgar aquella etapa y se ha demostrado lo erróneo de semejante catalogación, si además, las instituciones republicanas habían adquirido un carácter plenamente popular y distaban de ser tan «burguesas» ¿a quién beneficia seguir manteniendo la leyenda? A los anticomunistas de izquierdas, por supuesto.
Por ello, y por la falta de nuevas ideas, se vuelve una y otra vez al POUM, con una obsesión digna de estudio. Fue la norma por parte del anticomunismo de izquierdas blanquear las actividades de los principales dirigentes del POUM tras la guerra y pasar de puntillas sobre los mismos, aprovechando que muchos sectores de jóvenes militantes de izquierda desconocían la historia de tales dirigentes. Ahora, en un reciente “¿Qué hay que rescatar del POUM?” (1), se sugiere que hubo una “época buena” y una “época mala”. Por lo menos ya hemos avanzado algo, porque hasta ahora los anticomunistas de izquierdas preferían guardar un sospechoso silencio sobre la “época mala”. Pero ¿dónde hay que establecer en verdad la frontera entre ambas épocas?
Hay que considerar que todos los principales dirigentes del POUM, recién acabada la guerra, o bien giraron rápidamente hacia la tan odiada socialdemocracia “menchevique” creando el Moviment Socialista de Catalunya (MSC), o bien ingresaron en las nóminas de la CIA, como fue el caso de Gorkin, Maurín y otros. La práctica totalidad de los altos dirigentes renegaron de sus antiguas creencias. Los “auténticos líderes revolucionarios”, a partir del 1º de abril de 1939 dejaron de ser tales revolucionarios. ¿Es posible una metamorfosis tan repentina? ¿A qué se debe que, cuando es más necesario luchar contra el fascismo, tales dirigentes que repartían certificados y lecciones de revolución a diestro y siniestro y estigmatizaban a los “reformistas del PSUC”, abandonen la lucha y se transmuten en lo contrario de lo que decían ser? ¿Cómo explican los anticomunistas de izquierda que los “mencheviques reformistas” del PCE y el PSUC continuaran la lucha antifranquista sacrificando miles de vidas, y los principales dirigentes del POUM como Maurín y Gorkin ingresaran en la derecha pro-yanqui defendiendo al imperialismo más agresivo, mientras que otros fundaron el MSC para defender al imperialismo europeo? ¿Acaso la lucha contra el franquismo era menos necesaria que la lucha contra el Frente Popular? Misterios de la Santísima Trinidad “antiestalinista”, como fue un misterio divino que Maurín permaneciera vivo y en buenas condiciones en las cárceles de Franco, mientras a otros dirigentes republicanos los fusilaban o torturaban por la vía de urgencia. Maurín fue liberado en 1946 gracias a la intercesión de un obispo pariente suyo, que convenció al propio Franco de que era mejor mantenerlo vivo porque era un enemigo de los comunistas, y estas gestiones fueron seguidas directamente desde el mismísimo Vaticano (2). ¡Eso sí que es un auténtico privilegio del mejor burócrata! ¿Qué opinarán de todo ello los anticomunistas de izquierda y los apologistas del POUM? ¿Publicarán algún libro sobre estos temas?
El POUM no fue ningún partido inocente como machaconamente pretenden hacernos creer. En medio de la guerra, cuando en otros lugares del Estado se combatía a vida o muerte, desde las páginas de la Batalla, periódico del POUM, se instaba a luchar contra los “mencheviques de la revolución” en alusión al PSUC situándolo como el enemigo a batir. Muchos dirigentes del PSUC y la UGT murieron asesinados entre agosto de 1936 y mayo de 1937. Desideri Trillas, dirigente sindical de la UGT, que había acompañado a Maurín en 1924 a Moscú, murió asesinado en 1936 por pistoleros de la CNT; el 24 de abril, Rodríguez Salas, comisario afiliado al PSUC, sufrió un atentado fallido, y el 25 cayó asesinado Roldán Cortada, antiguo colaborador de Maurín, depurado años antes por éste de la ejecutiva del Bloc Obrer i Camperol por desavenencias políticas, y asesinado en 1937 por pertenecer al PSUC. Muchos afiliados a la UGT fueron asesinados por no ingresar en la CNT. Seguramente la mano del POUM no estaba detrás de estas «víctimas de la revolución», pero desde las páginas de La Batalla, se señaló con insistencia quienes eran los enemigos: el Frente Popular y sus bases más consistentes y clarividentes, el PSUC y la UGT.
La guerra y el peligro fascista fueron cosas muy remotas y lejanas para el POUM, y por ello se dedicó a hacer la “revolución”. En La Batalla, se reproducían a gran tamaño eslóganes como «¡Muera la república democrática!», se calificaba al antifascismo como traición a la revolución cuando los antifascistas frenaban con su sacrificio el avance del ejército franquista, se llamaba a eliminar las instituciones republicanas calificadas como “burguesas” (aunque estuvieran dominadas por la mayoría obrera), se publicaba a toda página y en grandes letras las octavillas arrojadas por los aviones de Franco llamando a desertar, se injuriaba impunemente y de forma constante a los dirigentes republicanos, socialistas y comunistas y, entre otras “hazañas”, con el objetivo desmoralizar a los combatientes y provocar la deserción, se escribían noticias falsas acerca de una supuesta negociación del gobierno republicano con Franco en vistas a una rendición (3).
Por otra parte, en las filas del POUM se cobijaban a espías notorios como el jefe de la columna extranjera del POUM, Georges Kopp, agente del espionaje inglés y futuro colaboracionista de los nazis en Francia, y espías a favor de Franco que realizaron actos de sabotaje, mientras que otros se ofrecieron a la quinta columna para asesinar a Negrín y Álvarez del Vayo. No hay constancia de que por aquella época Orwell ya fuera un agente del espionaje británico, aunque se relacionó con personas directamente implicadas, como el propio Kopp, de quien era amigo íntimo.
Un fantasma atemoriza a los anticomunistas de izquierda: el fantasma de la “burocracia”
Es evidente que el hecho de participar profesionalmente en política o en el movimiento sindical es una necesidad que tienen los representantes de la clase obrera para defender sus intereses, y así fue teorizado por Lenin, ya que es de sentido común que los dirigentes no se forman en dos días, y aún menos cuanto el apoliticismo del ciudadano común es la norma. Pero con la crítica permanente a lo que los anticomunistas de izquierda llaman «burocracia estaliniana», se consigue el efecto de trastocar la realidad por la ideología. El término “burocracia”, al ser tan indefinido, se puede instrumentalizar de forma demagógica como pueda serlo el de “estalinismo”. ¿Qué significa realmente la palabra “burocracia”? Como los anticomunistas de izquierda no osan dar ninguna definición para poder mantener la ambigüedad a su conveniencia, veamos qué se entiende corrientemente por “burocracia”. Según el Diccionari de la Llengua Catalana, “burocracia” es: 1) autoridad, influencia excesiva de los funcionarios públicos en los asuntos del Estado; 2) conjunto del personal administrativo, y 3) sistema de tareas, de procedimientos y de actividades a cargo de un cuerpo de personal administrativo. Así pues, transplantado el término “burocracia” a la época soviética, tan burócrata era el humilde conserje de una escuela de barrio, un policía municipal, el administrativo de un soviet urbano, el director de una empresa estatal (ya fuera honrado o corrupto), o el Comisario de Guerra León Trotsky, con el agravante de que éste último disponía de un poder infinitamente mayor sobre las cuestiones del Estado y del partido que el de la mayoría de la burocracia soviética a la que criticaba.
El falso antiburocratismo de Trotsky y del POUM
Los anticomunistas de izquierdas, al utilizar indiscriminadamente el concepto de “burocracia”, socavan la necesidad que tienen los trabajadores de tener representantes sindicales y políticos a tiempo completo, y desprestigian la necesidad de la participación política entre las masas, llevándolas al apoliticismo y haciéndolas presas de la reacción. Además, en el fondo, para los anticomunistas de izquierda el problema se reduce a nombres. Si son sus líderes los que ocupan los cargos, entonces no son burócratas, sino la personificación de la democracia pura. Si los cargos los ocupan los líderes del grupo rival, entonces son «burócratas degenerados». Pero puestos a analizar a la burocracia, ¿de qué vivían Trotsky, Andreu Nin, Julián Gorkin, Joaquín Maurín y tantos otros “antiburócratas”? No tenemos noticias que pasaran mucho tiempo de su vida en una cadena de producción de una fábrica, o doblando el espinazo en la agricultura, o haciendo los tipos de trabajo asalariado que realiza normalmente la clase obrera produciendo plusvalía. Por el contrario, vivieron como políticos profesionales en cuanto tuvieron la menor oportunidad. Trotsky en cuanto pudo fue un profesional de la revolución a tiempo completo (un burócrata de la revolución), que no vivía de su propio trabajo. Fue parte de la “nomenklatura”, alto dirigente del partido y el Estado, que creó asimismo una red clientelar de burocracia con la que ganar apoyos. Fue pues, un gran burócrata, que se volvió contra la “burocracia” no por ser “antiburócrata”, sino porque sus posiciones políticas fueron derrotadas por la mayoría. Cuando fue al exilio tampoco sudó una gota produciendo plusvalía para los burgueses, sino que pasó a ser miembro máximo de la “nomenklatura” en la corriente política formada por él, que se pasó a llamar IV Internacional.
Andreu Nin, Joaquín Maurín, Julián Gorkin y otros fueron, desde principio de los años veinte, altos dirigentes de sus organizaciones y llegaron a ser burócratas profesionales, “nomenklatura” en miniatura pero aspirantes a ser gran “nomenklatura”. Muchos cuadros de la CNT fueron altos funcionarios durante la guerra, además de ministros, y crearon sus propias redes de burocracia anarquista.
Andreu Nin mientras fue conseller de Justicia de la Generalitat ejercía como cualquier alto funcionario de cualquier Estado, a la manera burocrática. Nin había sido parte de la burocracia soviética y posteriormente burócrata de la Generalitat durante la guerra (Conseller de Justícia), Maurín fue corresponsal de Izvestia (“burócrata” soviético por lo tanto) y diputado por el Frente Popular (burócrata republicano); otros altos dirigentes también eran “burócratas”, como Juan Andrade, funcionario de correos, mientras que otro dirigente del POUM, Molins i Fàbrega, era presidente de la sección sindical de funcionarios de la UGT. Añadamos a esto, que el discurso más radical contra el «Estado burgués» se produjo a raíz de la expulsión de Nin del gobierno de la Generalitat por su política sectaria y provocadora. Todos estos hechos arrojan una perspectiva nueva y más concreta sobre algunos aspectos de lo que se ha venido en llamar “revolución” y “contrarrevolución”: la lucha por la hegemonía en los organismos de la Generalitat, incluyendo los surgidos de la “revolución” como el Comité de Milicias, colectividades y Patrullas de Control, cuyos miembros se convirtieron de hecho en funcionarios (o sea, burócratas) que cobraban su salario de la Generalitat. Los “revolucionarios” que se enfrentaron en mayo de 1937 contra la “burocracia estalinista” (el Frente Popular) distaban mucho de ser precisamente obreros, sino algo muy distinto: «aquellos sectores más beligerantes contra la supervivencia de la legalidad constitucional de 1931, como la agrupación anarquista radicalLos Amigos de Durruti o el POUM, no estaban liderados por obreros manuales, sino por periodistas de segunda fila, aspirantes a intelectuales de opinión y empleados de servicios» (4).
Franco y la Falange querían destruir la República y sus instituciones, precisamente porque ya eran más populares que burguesas, mientras que el POUM quería destruir a la República y al Frente Popular por su imposibilidad en convertirse en burocracia dominante de forma pacífica, debido a sus actividades provocadoras y a su sectarismo. En diciembre de 1936 se cerraba definitivamente para el POUM la vía “pacífica” para conquistar la hegemonía burocrática con la exclusión de Nin del gobierno de la Generalitat, por la actitud sectaria y provocadora del POUM. Aislado voluntariamente de las demás fuerzas políticas y sindicales, abandonado incluso por la CNT y la FAI, el POUM se radicalizó desesperadamente y, en una fuga hacia delante, se alió con los grupos más extremistas y minoritarios como Los Amigos de Durruti, formado por libertarios que habían desertado del frente. Juntos entablaron un pulso armado con el Frente Popular y las instituciones republicanas en mayo de 1937 con el resultado de sobras conocido. Así nació la leyenda de la «burocracia estalinista» en España.
El dislate de la contradicción
Volvemos a leer frases acerca de los «horrores del estalinismo» en el más puro estilo del Libro Negro del Comunismo. Pero, ¿hubiera sido mejor el futuro si la pequeña “burocracia trotskista” se hubiera impuesto en su lucha contra la mayoritaria “burocracia estalinista”? Los pasos antes de que el trotskismo implantara el “verdadero” comunismo en el Sistema Solar, ¿habrían sido menos traumáticos y habrían derramado menos sangre que con Stalin? Las propuestas de Trotsky y la “oposición unificada” de 1926 no diferían gran cosa de las que se implantaron con Stalin años después: colectivización de la agricultura, industrialización y planes quinquenales. Hay que sumar a eso el odio constante de las potencias imperialistas, el enorme subdesarrollo del país, etc., etc. Podemos suponer pues, que Trotsky y su fracción minoritaria se hubieran enfrentado, al menos, con problemas de la envergadura que lidiaron la fracción mayoritaria del partido. No hay ningún motivo para suponer que la “burocracia trotskista” hubiera creado menos “horrores” que los que se le achacan a Stalin: de Trotsky partió la idea de secuestrar y fusilar a las familias de los “especialistas militares” zaristas que desertaran del Ejército Rojo; fue Trotsky el que reprimió duramente la insurrección anarquista de Krondstad en 1921 con medidas extremistas que incluían el terrorismo y los fusilamientos; fue Trotsky el que planteó militarizar los sindicatos y hacerlos un apéndice del Estado, es decir, burocratizarlos al máximo. ¿Por qué los “horrores” de Trotsky habrían de ser menores que los “horrores” de Stalin? ¿Por qué, de haber vencido el POUM y sus grupitos aliados en la lucha contra la República, los “horrores” hubieran sido menores que en el caso de los defensores de la República, conociendo la suerte que corrieron Desideri Trillas, Roldán Cortada, Sesé, y muchos otros? ¿Por qué los admiradores del POUM no publican nada sobre ello?
La historia coloca a cada uno en su lugar
El anticomunismo de izquierdas ha demostrado históricamente su incapacidad crónica para constituirse en alternativa y ser una fuerza de masas. La incapacidad se reveló con toda su crudeza cuando las últimas huellas de los «horrores estalinistas» dejaron de existir al desaparecer la URSS en 1991, dando paso a cambio a un nuevo tercer mundo con un infierno de millones de muertos, pobreza extrema, decenas de miles de niños viviendo en las cloacas, dictadura de las mafias, cientos de miles de prostitutas obligadas a venderse, millones de desempleados y guerras interétnicas instigadas por el imperialismo. Pero todos estos “detalles” nunca fueron del interés del anticomunismo de izquierdas, que sólo nació para “denunciar” los «horrores del estalinismo» o, como Franco y la Falange, las «víctimas de Negrín». Preocupado en esconder las causas de sus fracasos y sus evidentes limitaciones políticas, el anticomunismo de izquierdas desvió insistentemente sus críticas hacia el «estalinismo» y el antisovietismo, buscando chivos expiatorios de sus carencias y su escuálida capacidad de convocatoria. El anticomunismo de izquierdas y su hermano menor, el antisovietismo, han vivido una época dorada gracias a la división de los comunistas en el Estado español y a nivel internacional, y ha conseguido avergonzar a muchos comunistas, sobre todo dirigentes. El movimiento comunista ha cometido errores, algunos graves, y los seguirá cometiendo indudablemente, como corresponde a toda fuerza que interviene en la política práctica. Pero el saldo de la historia es enormemente favorable para el movimiento comunista. Los comunistas no tienen nada de lo que avergonzarse y tienen un pasado y un presente heroico de luchas y sacrificios, errores y aciertos, fracasos y triunfos, que constituyen un patrimonio del que deben de estar orgullosos.
Los tiempos cambian y es posible que asistamos al comienzo de una etapa histórica esperanzadora, donde se generen por fin las condiciones para un nuevo esfuerzo unitario entre las diferentes organizaciones comunistas. Para que la unidad tenga éxito, hay que perder la vergüenza de la propia historia, arrinconar sectarismos y recoger lo más positivo que cada corriente comunista ha generado a lo largo de su trayectoria, sin descartar además diferentes alianzas con otras capas progresistas de la población. Marx y Engels escribieron al respecto en elManifiesto del Partido Comunista que «los comunistas no forman un partido especial opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses algunos que no sean los intereses del conjunto del proletariado. No proclaman principios sectarios a los que quisieran amoldar el movimiento proletario» (5). Efectivamente, los comunistas no pueden aspirar, como dicen nuestros maestros, a encasillar el movimiento obrero bajo «principios sectarios», lo cual no quiere decir, por otra parte, que la ideología, la teoría y la doctrina dejen de ser importantes, pero en su justa medida, ayudando a impulsar el movimiento obrero y comunista y no poniendo trabas artificiales que frenan el movimiento y la unidad. Y siempre colocando por delante el estudio incansable de la historia, que es quien tiene la última palabra para juzgar los aciertos o errores de la práctica política, partiendo de la base de que no existen las personas infalibles y que la historia no la realizan los grandes hombres, sino las clases sociales y los dirigentes que surgen de estas clases sociales. Tales dirigentes se ven inmersos en múltiples contradicciones, conflictos e intereses de grupos sociales y nacionales diversos, que a veces los atrapan sin remedio como una fuerza gravitatoria, limitando sus márgenes de maniobra y sus posibilidades reales de aplicar las políticas deseadas.
Los comunistas han escrito sus páginas históricas más brillantes luchando unidos y sabiendo conectar con el sentir de las masas, de las que deben formar parte. Así fue en Octubre de 1917, en la construcción del socialismo en la URSS y en otros países, en la defensa de las conquistas sociales, en la guerra civil, en la lucha antifranquista, en las revoluciones antiimperialistas y en tantas otras ocasiones en las que, por lo demás, el anticomunismo de izquierda estaba ausente o era adversario de tales luchas. El movimiento comunista ha jugado un papel, en solitario o junto con otras fuerzas progresistas, claramente decisivo para el avance de las conquistas sociales de las masas explotadas e incluso para la humanidad en su conjunto. Por el contrario, la etapa histórica donde se vivió la división del movimiento comunista en numerosos fragmentos, condujo a los comunistas en muchos lugares al declive, y en otros como en el Estado español, casi a la extinción.
En España tenemos ejemplos históricos de unidad comunista, como la unidad del PCE y del PCOE en 1921, y la de los colectivos socialistas y comunistas en una sola formación política (las Juventudes Socialistas Unificadas a nivel estatal, y el Partit Socialista Unificat de Catalunya, PSUC), unidos sobre bases revolucionarias en 1936. Tal unidad, que se estaba fraguando también entre el PCE y del PSOE para constituir un partido proletario revolucionario unido, no pudo culminar con éxito por la división interna del partido socialista, lo que provocó una influencia muy negativa en el desarrollo de la guerra civil y la lucha antifranquista.
Cuando se perciba el grave momento histórico que estamos viviendo, será posible reemprender el camino de la unidad, unidad imprescindible para derrotar al enemigo: el fascismo, el imperialismo y la burguesía. Unidad sin renunciar a los principios pero renunciando a los sectarismos y a las exclusiones, y anteponiendo la resolución de los graves problemas de la clase obrera antes que una pureza doctrinaria extremista. Será entonces cuando el anticomunismo de izquierdas volverá a tener en la historia el papel residual y anecdótico que le corresponde ocupar. Sólo así, con la unidad y la voluntad de luchar por la clase obrera ante todo, los comunistas podrán volver a tener una determinante capacidad de influencia entre las masas y podrán aspirar a llevar tras de sí a la clase obrera y a los pueblos oprimidos en la lucha por un mundo mejor.
Notas:
(3) Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo: Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1931-1936. Editorial Planeta, Barcelona 1999, pp. 351-375.
(4) David Martínez Fiol: Estatisme i antiestatisme a Catalunya, 1931-1939: rivalitats polítiques i funcionarials a la Generalitat. Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2008, p. 290.
(5) Marx y Engels, Manifiesto del Partido Comunista, Edicions PCC, 1983, cap. 2, p.15.

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Almería, Granada y El Puerto: sigue la “rebelión” en el PCA contra el Plan de Ajuste

El PCA de Granada ciudad llama a la rebelión, a salir del gobierno y al voto en contra del Plan de Ajuste

Este lunes 25 de junio la Agrupación Local de Granada del PCA llamó a la rebelión contra la votación del Plan de Ajuste del Gobierno de la Junta, y se manifestó asimismo por la salida de IU del Gobierno andaluz. Esta resolución se une así a la del PCA de El Puerto de Santa María, al PCA de Jerez, Almería o de Sevilla.

El PCA de Granada muestra su”rechazo frontal a los recortes anunciados por el gobierno de la Junta de Andalucía del que el grupo IULV-CA forma parte, por entenderlos contrarios a nuestra ideología, valores, programa electoral y expectativas depositadas por nuestros votantes, afiliados y simpatizantes. Hemos defendido una salida diferente a la crisis a la que proponemos ahora desde el gobierno. Creemos en una salida por la izquierda. Hemos apostado por el empleo, por la nacionalización de la banca y de los sectores estratégicos. Hemos defendido que no pagarán la crisis los que no la provocaron, hemos apostado por la movilización política y social, hemos proclamado nuestra apertura a la sociedad, y entendemos que esa posición no puede articularse desde la situación que ocupamos actualmente en el Gobierno de la Junta de Andalucía”.

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¡El pueblo español prefiere morir de pie a vivir de rodillas!

¡Trabajadores de París! ¡Demócratas franceses!

Desde la España que lucha por su libertad y por la libertad de todos los pueblos, frente a la pérfida agresión de la reacción española y del fascismo internacional, venimos aquí, al París de la Comuna y de la Gran Revolución, a deciros en qué condiciones luchan nuestros combatientes, lucha y muere nuestro pueblo.

Venimos aquí en demanda de solidaridad para con la República Española, seguros de que nos ayudaréis; confiados en que vosotros, que tantas páginas de gloriosas luchas tenéis en vuestra historia, sabréis comprendernos, sabréis ayudarnos.
La sublevación del ejército ha dejado al gobierno republicano sin los más elementales medios de defensa. Pero al levantarnos a cerrar el paso al devastador torrente fascista, que arrasa nuestras villas, que destruye nuestras ciudades, no nos detuvimos a contar cuántos eran nuestros enemigos, ni pensamos tampoco en el desvalimiento en que la sublevación militar dejaba a la República, al privar a ésta de las armas fundamentales necesarias para su defensa.

Pensamos solamente, impulsados por un movimiento nacional, espontáneo, de dignidad, que ceder sin resistencia a la agresión sería innoble cobardía, que ni el pueblo ni la Historia podrían jamás perdonarnos.

Y sin ninguna vacilación, unidos en el mismo sentimiento y con la misma decisión de cerrar el paso al fascismo y defender la República y la democracia, comunistas, socialistas, republicanos, anarcosindicalistas y nacionalistas vascos, nos lanzamos a la lucha dispuestos a toda clase de sacrificios, porque no ignorábamos lo que el fascismo representa y de lo que es capaz la reacción española. La represión de Asturias es un ejemplo próximo y elocuente. Y no podíamos, sin abdicar de nuestra dignidad humana y española, ni someternos al degradante yugo fascista, ni poner mansamente la cabeza bajo el hacha del verdugo. Consciente de lo que nuestra lucha significa, el pueblo español prefiere morir de pie a vivir de rodillas.

Al lado de los rebeldes, apoyándolos en su agresión contra la República y contra el pueblo, participan fuerzas fascistas extranjeras, cuyos aviones bombardean las abiertas ciudades españolas.

Y mujeres y niños, víctimas inocentes del odio salvaje de la reacción española, caen para siempre, abatidos por la metralla enemiga, y pagan con su sangre y con su vida el delito de vivir en la España republicana, en la España que no acepta ser convertida en una cárcel fascista, en una base de agresión de la reacción internacional

Hemos venido a Francia en representación del gobierno republicano y de los combatientes que en todos los frentes proclaman su voluntad de lucha, en defensa de la libertad de España, en defensa de la libertad de todos los pueblos, cuya suerte se decide en nuestra patria. Hemos venido a deciros a vosotros, heroicos descendientes de los combatientes de la Comuna, de los vencedores de la Bastilla, a deciros la profunda inquietud que ha producido en nuestro pueblo, en nuestros combatientes, en nuestro gobierno, la negativa del gobierno francés a vender armas al gobierno español, violando los acuerdos establecidos entre ambos y por los cuales el gobierno francés se comprometía a vender al español las armas que necesitaba para su defensa.

Se han cerrado las fronteras con España. Con ello se priva a los combatientes españoles de la posibilidad de resistir. Con ello se coloca al pueblo español ante el terrible dilema de entregarse cobardemente a los agresores o de aceptar sin posibilidad de resistencia, el exterminio por las bandas fascistas y reaccionarias de lo más joven, de lo más progresivo, de lo más combativo de nuestro pueblo. Y nosotros nos negamos a aceptar esta disyuntiva, que entrañaría el horror de la victoria del fascismo en España. Que entrañaría para el pueblo francés la amenaza de agresión de guerra del otro lado de los Pirineos.

¡Camaradas y amigos franceses! ¡Hombres y mujeres de la Francia de la Gran Revolución, de los Derechos del Hombre y de la Comuna! ¡Ayudadnos! ¡Ayudad a nuestro pueblo a defenderse! Exigid de vuestro gobierno que no nos coloque un dogal al cuello del pueblo español, que lucha por su libertad y por la vuestra

¡Madres y mujeres de Francia! ¡No os pedimos que sacrifiquéis a vuestros hijos ni a vuestros hombres! Os pedimos solamente que nos ayudéis a hacer cambiar la decisión del gobierno francés que nos ata los pies y las manos frente a la agresión fascista.

Sobra a nuestro pueblo heroísmo, pero el heroísmo no basta. A las armas de los rebeldes hay que poder oponer fusiles, aviones, cañones. Defendemos la causa de la libertad y de la paz. Necesitamos aviones y cañones para nuestra lucha, para defender nuestra vida, nuestra libertad, para impedir que los sublevados ataquen nuestras ciudades abiertas, asesinen a nuestras mujeres y a nuestros niños. ¡Necesitamos armas para defender la libertad y la paz!

Y no olvidéis, y que nadie olvide, que si hoy nos toca a nosotros resistir a la agresión fascista, la lucha no termina en España. Hoy somos nosotros; pero si se deja que el pueblo español sea aplastado, seréis vosotros, será toda Europa la que se verá obligada a hacer frente a la agresión y a la guerra.

Ayudadnos a impedir la derrota de la democracia, porque la consecuencia de esta derrota sería una nueva guerra mundial, que todos estamos interesados en impedir y cuyos primeros combates se libran ya en nuestro país.

¡Por nuestros hijos y por los vuestros! ¡Por la paz y contra la guerra, exigid que se abran las fronteras! ¡Exigid que el gobierno francés cumpla sus compromisos con el gobierno republicano español! ¡Ayudadnos a tener las armas que necesitamos para defendernos! ¡El fascismo no pasará, no pasará, no pasará!

Dolores Ibárruri.
París, 8 de septiembre de 1936

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